
Compuesto por Jean Guichard, Eden sale a la venta en Cacharel en 1994. Veintitrés materias atestiguadas conviven en él, desde la bergamota hasta el haba tonka, desde el nenúfar hasta el pachulí, y esta abundancia constituye el tema del perfume tanto como su reproche. El efecto acuático debe menos a las flores de agua que a la Calone, producto de síntesis emblemático de los años noventa. Su frasco de ópalo jade, veteado, nunca se repite del todo.
Eden divide más de lo que reúne. Veintitrés materias, una duración temible y una artificialidad plenamente asumida hacen de él un perfume que se identifica al instante, que rara vez se ama a medias, y que nunca se lleva por distracción.
La opinión de Olfastory
Eden pertenece a esa categoría de perfumes que no se llevan por casualidad. Los juicios recogidos se reparten casi por igual entre el apego duradero y el rechazo tajante, y ambos bandos describen a menudo sensaciones idénticas.
Un perfume que no elige
El reproche principal se resume en una frase: Eden quiere ser demasiadas cosas a la vez. Flores blancas, verdores, frutas acuosas y fondo amaderado dulce se disputan el lugar, sin que ningún registro prevalezca.
Esta abundancia produce un efecto preciso. El nardo, materia embriagadora, choca con unos verdores que la crítica juzga poco naturales, y el acorde que pretende evocar un jardín suena para muchos como un decorado de cartón.
No todos se lo reprochan. Luca Turin le concede cuatro estrellas y lo sitúa entre los verdes dulces, describiéndolo como una cachemira mojada, fórmula que hace justicia a su rareza sin condenarla.
Lo que le reprochan sus detractores
La duración encabeza los agravios. Varios testimonios hablan de una longevidad que supera la jornada y de una estela que ocupa una habitación entera, hasta el punto de hacer difícil llevar el perfume en la oficina.
La salida concentra el resto. Se describe como dulce y artificial, más próxima a una golosina o a un plástico caliente que a un jardín, y exige a quien la tolera mal esperar varias horas.
Lo que encuentran en él sus fieles
Los partidarios coinciden en un punto: Eden tiene una firma. Se reconoce en un segundo, no se parece a ningún lanzamiento reciente, y esta singularidad compensa a sus ojos sus defectos de equilibrio.
El apego es a menudo cuestión de memoria. Varios relatos asocian Eden a un período preciso, la adolescencia o un primer empleo, y describen una opulencia que consideran hoy desaparecida de las producciones recientes.
Un tercer motivo se repite, la sensación acuática. Quienes la aprecian describen un agua tibia, vegetal, casi estancada, y tienen esta extrañeza por el verdadero tema del perfume más que por un defecto.
¿Merece la pena llevarlo hoy?
Eden conviene a quien busca un perfume fechado en el buen sentido del término, con una identidad fuerte y ninguna preocupación por la discreción. No conviene ni a los espacios compartidos ni a quienes esperan de un floral que se mantenga comedido.
La prueba sobre la piel no es negociable. La duración referida hace costoso el error, y la apertura no determina lo que vendrá después: varios testimonios cuentan haber cambiado de opinión al cabo de unas horas, en un sentido u otro.
Queda una reserva de honestidad. Las fuentes documentan mal la fórmula actual, y la comparación entre ejemplares antiguos y nuevos se basa en impresiones inverificables. Quien busque el Eden de los años noventa no tiene ninguna garantía de encontrarlo.