
Tres notas declaradas, ni una más: una piña de salida, un coco cremoso en el corazón, un velo de almizcles para terminar. Es la solar del trío Starlicious lanzado por Mugler en 2026, vendida como eau de toilette en Francia y como bruma corporal en Estados Unidos. Ligera, pensada para superponerse, discutida en cuanto a su duración.
La salida es franca y ácida. La piña llega de golpe, más verde que confitada, con ese matiz casi picante que la fruta conserva cuando se ataca un poco demasiado madura. Ningún cítrico la acompaña, sin embargo: ese mordiente proviene de terpenos y cetonas, limoneno, pineno y carvona, que aportan el filo de los primeros segundos sin pasar por una ralladura. Es vivo, es breve, y no se instala.
El giro se produce en pocos minutos. El coco asciende por debajo y absorbe la acidez. La vainillina aporta una dulzura que no llega a la repostería pero se le acerca, mientras que el benzaldehído, olor a almendra amarga y a hueso de cereza, aporta la faceta de almíbar y caramelo duro que se encuentra en muchas frutas reconstituidas. El salicilato de bencilo añade una dulzura floral algo cérea que evoca inevitablemente la crema solar.
Cabe señalar una curiosidad en esta lista: contiene un filtro UV, el butilmetoxidibenzoilmetano, el mismo que protege del sol en la mayoría de las cremas solares. Su presencia es técnica y no cosmética, ya que un perfume transparente vendido en frasco claro se degrada con la luz. También se encuentran mica y dióxido de titanio: son ellos las partículas brillantes que dan al perfume su singularidad. La coincidencia no deja de ser elocuente en un perfume que vende la piscina y el mes de agosto.
El fondo se describe rápido, tan deliberadamente discreto es. Los almizcles se instalan sin transición marcada, y bajo ellos trabaja un ambarado amaderado de síntesis, los tetrametilacetiloctahidronaftalenos de la etiqueta, materia transparente y muy empleada que aporta volumen sin aportar madera. La etiqueta reserva, sin embargo, una sorpresa que la marca no menciona en ningún sitio: cedro de Virginia, pachulí, santalol y bálsamo de Perú figuran los cuatro. Existe, pues, un fondo amaderado y balsámico, discreto pero real, y una clienta que decía notar sándalo no se equivocaba. A ello se suman las damasconas, moléculas afrutadas y rosadas que la perfumería emplea por doquier para redondear una fruta, más una cumarina que desliza una nota de heno y almendra bajo el conjunto. Ninguna de estas materias se destaca; forman la base sobre la que se apoya el coco para durar un poco más.
La trayectoria es corta, y se asume como tal. La piña ocupa el primer cuarto de hora, el coco la primera hora, y lo que queda después se reduce a unos centímetros de la piel: un fondo limpio, dulce, ligeramente empolvado, que uno mismo deja de percibir pronto pero que los demás captan al acercarse. Sobre la ropa y en el cabello, sobrevive mucho más, comportamiento clásico de los perfumes ligeros y muy alcoholizados, y razón por la que se presta tan bien a la mezcla.