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El siglo XVIII

El siglo XVIII, comienzo de la perfumería como tal

Si el siglo XVIII conoció un uso excesivo del perfume destinado a paliar la falta de higiene, el siglo XVIII comenzó a orientarse hacia creaciones más suaves. Así, la Corte, que utilizaba con exceso perfumes opulentos de jazmín o de musgo de roble, perfumando sus pelucas, sus guantes y sus pañuelos, fue sustituida por más elegancia y distinción. Además, el siglo XVIII marcó un retorno hacia mayor moderación e higiene.

El retorno a la limpieza

Cuando terminó el reinado del Rey Sol, las costumbres en el seno de la Corte evolucionaron. La higiene pareció resurgir poco a poco y el baño empezó a infundir menos temor. Además, comenzaron a aparecer en las residencias espacios destinados al ritual del aseo. Se trataba del tocador y del cuarto de baño, hasta entonces totalmente desconocidos. La población se fue volviendo poco a poco más limpia y la necesidad de enmascarar los olores corporales se hizo menos apremiante. Así, las notas olfativas se volvieron más refinadas e incluso surgió cierta intolerancia a los aromas embriagadores. La moda favorecía los efluvios campestres y naturales, y las preparaciones odoríferas se mostraban más fantasiosas y sofisticadas. La Corte de Luis XV adquirió entonces un verdadero olor de limpieza y fue incluso calificada de «corte perfumada». Además, personalidades célebres como María Antonieta contribuyeron a su vez enormemente al auge de la perfumería. Las Eaux de Cologne, así como los perfumes llegados de Alemania, obtuvieron un éxito floreciente. Entre los más conocidos, algunos ramilletes florales se convirtieron en imprescindibles, como el Eau Divine, L'Eau de Mille Fleurs, l'Eau Bouquet du Printemps o incluso l'Eau Admirable. Del mismo modo, las frutas de corteza empezaron también a destilarse…

Los avances en materia de perfumería en el siglo XVIII

Aunque los guanteros perfumistas disfrutaban de una prosperidad cierta, sufrieron la crisis del comercio del cuero. Así, la profesión de guantero fue abandonándose progresivamente en favor de la perfumería como oficio propio. Los perfumistas de Grasse se hicieron especialmente célebres y su saber hacer no dejó de evolucionar. Así, aprendieron poco a poco a trabajar cortezas de cítricos hasta entonces inexploradas, como la de la bergamota. Del mismo modo, fue en el siglo XVIII cuando apareció el método del enflorado. Jean-Marie Farina, por su parte, se convirtió en maestro en la materia y comenzó a explotar las Eaux de Cologne a base de alcohol y cítricos. Además, muchos vieron en este producto virtudes terapéuticas, incluidos médicos de la facultad de medicina de Colonia. El éxito de este producto comenzó entonces a extenderse por toda Europa. Asimismo, la sosa artificial se descubrió en 1791 y permitió crear el jabón. Esto supuso una verdadera revolución en el universo de los cosméticos. Además, el célebre Eugène Rimmel consideró, ya en 1880, que la jabonería de tocador era una de sus ramas más importantes.

No obstante, a pesar de estas numerosas innovaciones y de este fulgurante retorno a la limpieza, el destino glorioso de la perfumería no duró. En realidad, la revolución asestó un golpe funesto a este sector de actividad.